En marcha

Cierras el maletín y sales de casa. Portátil, cascos, cargador y móvil. Sí, lo tienes todo. Te diriges al sitio acordado mientras tu cabeza no deja de pensar en cómo has llegado hasta esa situación: el misterioso email del viernes por la tarde, las dudas de si ir o no, aquella persona del metro que finalmente te convenció…

Empieza a llover pero ya estás más cerca de la parada de metro que de tu casa, piensas por un segundo en lo que te apetecería una taza de té y un buen libro, pero finalmente y sin saber muy bien por qué, decides aligerar el paso y bajar las escaleras hacia el andén.

Y ahí estás, en frente de la puerta. Revisas la dirección en el móvil: el número 14, y te sorprendes diciendo en alto: “es aquí”. Te limpias los zapatos mojados en unos cartones improvisados que han colocado en la entrada mientras echas un vistazo a través de la puerta de cristal.

Entras con timidez. Te fijas en las sillas de diferentes colores de la sala de recepción y en la gran puerta que separa ese espacio de lo que supones que es una especie de oficina; llegas a esa conclusión por los flexos, las mesas grandes y las sillas ergonómicas, pero te desconcierta la gente charlando animadamente y la decoración, llena de plantas, cuadros y colores cálidos. Desde luego, nada tiene que ver con tu mesa y espacio de trabajo.

Observas a tu derecha un mostrador. No sabes si la mesa es demasiado grande o el recepcionista demasiado pequeño. Te está mirando atenta y calmadamente, como expectante. Te acercas y antes de pronunciar palabra (si es que te hubiese salido alguna en aquel momento) te sonríe: –Si, ya lo sé, pasa por aquí.-

Te paras en seco nada más entrar en la sala. Ves a unas quince personas dentro, hablando entre ellas alegremente, un joven coge algo del catering tímidamente, un improvisado grupo de desconocidos se ríen en el fondo de la habitación. No conoces a nadie. Y justo cuando te autoconvences de que es mejor girar sobre tus talones y volver por donde has venido, reconoces sin esfuerzo esas gafas enormes y el vaquero desgastado de la persona del metro, ajustando tranquilamente el micrófono encima de una pequeña tarima.

Se cierra la puerta detrás de ti.

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